Chicago

Chicago (2002)

Dirigida por Rob Marshall

Me resulta increíble pensar que esta película ya tiene más de 20 años y que, como suele pasar, hay un buen número de veinteañeros que jamás la han visto. A todo mundo nos pasa. Las películas de la década en la que uno nació suelen ser difíciles de ver, pues se produce un fenómeno curioso. Uno empieza a ver cine desde pequeño y se traza una línea recta que nos lleva a acumular películas a lo largo del tiempo, y queda poco tiempo para regresar al pasado a ver las películas de la década en que nacimos o anteriores. Ver cine de años anteriores a nuestra generación requiere un esfuerzo adicional al que implica seguirle el paso a las producciones contemporáneas. Por esa razón, invito a todo joven bailarín, coreógrafo, músico y a quienes realizan actividades afines a que hagan el esfuerzo necesario y vean esta película del 2002.

Chicago, dirigida por Rob Marshall, es una de esas películas que demuestran cuánto puede ganar un musical cuando deja de pensar como una obra de teatro y comienza a aprovechar verdaderamente las posibilidades del cine. Lo que más me gusta de esta adaptación es la manera en que la cámara se integra al espectáculo y se convierte prácticamente en otro bailarín. Los close-ups, los cambios de encuadre, los movimientos de cámara y los juegos de iluminación no son simples adornos: acompañan, acentúan y enriquecen las coreografías, haciendo que cada gesto, cada mirada y cada movimiento adquieran una fuerza expresiva extraordinaria.

Catherine Zeta Jones en Chicago

Catherine Zeta Jones

Me parece especialmente ingeniosa la manera en que Rob Marshall adapta las coreografías de Broadway al lenguaje cinematográfico. En lugar de limitarse a registrar lo que sucedería en un escenario, utiliza el montaje, la edición y la fotografía para crear una experiencia que difícilmente podría reproducirse de la misma manera en el teatro. La cámara nos acerca a los intérpretes, descubre detalles que desde una butaca pasarían desapercibidos y juega con la iluminación y los espacios para convertir cada número musical en un pequeño espectáculo visual.

Por supuesto, buena parte del encanto también reside en su reparto. Renée Zellweger, Catherine Zeta-Jones y Richard Gere demuestran que, además de ser grandes figuras de Hollywood, tienen la presencia y el talento necesarios para sostener una película musical de esta magnitud. Chicago me parece un magnífico ejemplo de cómo una adaptación cinematográfica puede respetar el espíritu de Broadway sin quedar atrapada en él, encontrando recursos propios para llevar el espectáculo aún más lejos.

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